Hoy, por primera vez, el sol ha surgido con fuerza y resplandeciente fuera del horizonte del barro. Es un sol sin brillo, helado, pálido y distante, pero cuando se ha deshecho de las últimas brumas ha corrido un murmullo por nuestra multitud sin color, y he comprendido que se pueda adorar al sol.
Al mediodía hay más movimiento. El ambiente es gélido. Nos percatamos del campanario de Auschwitz y divisamos los campos verdes que hay al lado de la carretera. Todo ello es una novedad para nosotros. Nos dirigimos a la Buna. La Buna es un amasijo de hierros, de cemento sin luz propia. Es fría, horrenda, sin ningún resquicio de calidez. Allí trabajamos nosotros, los prisioners, que vivimos en el campo de concentración nazi.
Ver por primera vez el sol es ya un buen día. Dejamos atrás un duro invierno, la primavera también ha llegado a estos lugares y parece que le damos la bienvenida al mismo tiempo que nos devuelve "la vida".
Nuestra vida es triste, sin esperanza y ello se refleja en nuestros rostros. La alegría de ver el sol por primera vez nos genera un soplo de supervivencia.
Aquí pasamos frío, mucho frío, al mismo tiempo que pasamos hambre, mucha hambre. Es fácil que nuestros pensamientos nos recuerden otros tiempos donde la comida era abundante y variada. Hoy parece que podremos saciar en parte esta hambre que nos corroe.
Nuestra humanidad ha quedado recucida al puro estímulo de supervivencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario